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La zona florícola del sur del estado de México: lo que no se sabe

Fredyd Torres Oregón

La actividad florícola en el sur del estado de México es, para algunos sectores de la sociedad, un referente de éxito en términos de productividad, empleo e ingresos. Su desarrollo vertiginoso se inició en la década de los cincuenta del siglo pasado con la llegada de productores japoneses a esta zona, atraídos por las bondades de su clima y tierra.

De allí en adelante, la floricultura fue ganando las preferencias sobre otros cultivos tradicionales en esta región. Por valor de la producción florícola, Villa Guerrero representa el 67 por ciento, seguido de Tenancingo y Coatepec de Harinas con 16 por ciento y 11.2 por ciento, respectivamente. En cuanto a superficie cultivada de flor, destaca en primer lugar Villa Guerrero, con 54 por ciento, seguido de Tenancingo y Coatepec Harinas, con 17.6 y 14 por ciento.

Sin embargo, la floricultura en esta región mexiquense dista de ser ese modelo productivo exitoso que difunde el discurso gubernamental, sobre todo por dos implicaciones nocivas sobre la población y el medio ambiente: daños a la salud humana y el tratamiento de residuos de envases químicos de fungicidas y herbicidas.

 

Efectos de la floricultura en la salud humana

 

Estudios en la zona florícola muestran la correlación entre el uso de plaguicidas, herbicidas y sus residuos en la salud de las familias productoras. En trabajos de campo se han encontrado casos de malformaciones congénitas en bebés de floricultores.

Las dependencias de salud estatal siguen sin reconocer el efecto de los agroquímicos en las malformaciones congénitas de recién nacidos; dicho problema lo relacionan con descuidos personales de madres embarazadas que no siguen las indicaciones en la toma de ácido fólico.

Es el caso de una mujer de la comunidad de Zacango cuyo bebé nació con enoftalmia. Se le preguntó: “¿Tomaste el ácido fólico? –Sí. ¿Te recetaron el ácido fólico? –Sí.¿Desde el principio? –Sí.“(Asociación Ambientalista Guerreros Verdes, AC, 2007).

Otro estudio encontró una asociación directa entre la actividad ocupacional agrícola por su exposición a plaguicidas y las malformaciones congénitas de anencefalia y espina bífida para la población fetal e infantil del corredor florícola del estado de México (Gómez y Hernández, 2013).

Por su parte, Martínez (2014), demostró que en Villa Guerrero se emplean más de 82 compuestos activos de plaguicidas, principalmente organofosforados, carbamatos, tiocarbamatos, piretroides y organoclorados. Y de estos, los metabolitos (etilentiourea), que derivan de algunos carbamatos, pueden presentar efectos mutagénicos. En la comunidad de San Mateo Coapexco, perteneciente a Villa Guerrero, el autor antes citado encontró que el 26 por ciento de los plaguicidas usados fueron clasificados como altamente tóxicos.

El testimonio de una madre que lleva ya dos mortinatos y actualmente tiene un hijo pequeño con hidrocefalia ilustra lo que ocurre: “Es un milagro de Dios, ¿verdad mi niño? Porqué creé que se lo ofrezco a Dios y allá estoy con él… le digo a mi esposo: aquí te dejo el almuerzo, y yo me voy porque cada mes se hace la misa para niños enfermos... Yo le estoy diciendo cositas a su oído para que él sienta que yo estoy con él” (Asociación Ambientalista Guerreros Verdes, AC, 2007).

Datos de la Asociación Ambientalista Guerreros Verdes, AC, estiman que en el corredor florícola del estado de México alrededor del 12 de cada 100 niños nacen con malformaciones congénitas; los abortos suman 8 por ciento y los mortinatos 4 por ciento (2007).

Otro estudio realizado en
la región se propuso analizar la relación causal entre el uso de plaguicidas y malformaciones congénitas. Se compararon la frecuencia de las malformaciones y de la etiología entre los recién nacidos malformados en el Hospital General de Tenancingo.

Se encontraron los siguientes resultados: de mil 149 registros de recién nacidos, 20 por ciento presentaron alguna malformación congénita, con una etiología multifactorial en 72.8 por ciento, monogénica en 23.7 por ciento, cromosómica en 2.3 por ciento y de otro tipo en el 1.2 por ciento de los bebés (Castillo et al., 2007).

La voz de los propios pobladores confirma la asociación entre residuos de herbicidas y fungicidas y diversos tipos de cáncer: “A mí se me murió un hijo de cáncer…, de allí para acá se han muerto muchos de cáncer…, tengo que decirlo porque no nomás son de aquí…, por allá del año setenta se escuchaba decir que tal o cual moría de cáncer (primer delegado, Santiago Oxtotitlán. Entrevista directa, 9 de noviembre 2017).

Por su parte, el asesor municipal en materia ambiental de Villa Guerrero comentó sus impresiones sobre los daños a la salud atribuidos a la floricultura: “Sabemos desde hace tiempo que esta zona está catalogada como de catástrofe ecológica; es la realidad, así está catalogada…, toda esta actividad donde los cultivos son tan intensivos, donde la actividad agrícola es tan fuerte, hay índices de malformaciones, de muchos cánceres, de muchas tumoraciones” (entrevista directa, 14 de noviembre de 2017).

 

Tratamiento de envases de fungicidas y herbicidas

 

La mayor parte de envases vacíos de fungicidas y herbicidas empleados en la floricultura son arrojados a barrancas, arroyos, caminos y orillas de las áreas de cultivo. El Instituto de Investigación y Capacitación Agropecuaria, Acuícola y Forestal del Estado de México (Icamex) y la Asociación de Floricultores de Villa Guerrero (Asflorvi), calculan que en Villa Guerrero se desechan alrededor de dos toneladas mensuales de envases vacíos de agroquímicos y 270 toneladas de película plástica de invernadero (Orozco, 2007).

Las autoridades de Villa Guerrero, el municipio de mayor producción florícola, admiten daños ambientales de la floricultura pero poco hacen al respecto; reconocen el problema de la basura, la contaminación de ríos, arroyos, la deforestación y el uso excesivo de agroquímicos; asumen también que “el manejo y disposición final de los residuos de manera inadecuada puede traer consecuencias en la salud humana, resultado de la contaminación ambiental” (H. Ayuntamiento Constitucional de Villa Guerrero 2016-2018: 68).

Las asociaciones de la industria agroquímica presentes en la zona: Unión Mexicana de Fabricantes y Formuladores de Agroquímicos, AC; Asociación Mexicana de la Industria Fitosanitaria, AC (ahora llamada Protección de Cultivos, Ciencia y Tecnología, AC); Plan de Manejo de la Industria Nacional de Agroquímicos para Envases Vacíos, y Plan de Manejo de Envases Vacíos de Agroquímicos y Afines son al mismo tiempo las que promueven acciones contra los efectos nocivos de sus productos químicos al impulsar el programa “Campo limpio”, mismo que es operado por una asociación de tintes filantrópicos: Amocalli, AC.

El programa consiste en un proceso simple de triple lavado con agua limpia de los envases vacíos de agroquímicos utilizados en los cultivos: luego, su traslado por parte de los productores a un centro de depósito metálico (las denominan jaulas), ubicados en ciertos puntos de las comunidades. Sin embargo, testimonios de los pobladores muestran lo contrario:

“Aquí en Santiago tenemos más de diez empresas agrícolas, hay una que está aquí cerca del jardín de niños y nadie se preocupa por decir: vamos a hacer un examen del aire, de lo que están respirando los niños…, otra está cerca de una tortillería; o sea, no hay restricciones para este tipo de establecimientos” (segundo delegado. Santiago Oxtotitlán. Entrevista directa, 13 de septiembre de 2017).

Continuando con la opinión de los pobladores de Santiago Oxtotitlán respecto al programa “Campo limpio”, se resalta la baja efectividad que tiene respecto a las prácticas arraigadas en los productores sobre el destino de residuos de flores fumigadas: “casi todos los residuos, mayormente de rosas, se tiran a los barrancos, de hecho, algunos productores en tiempos de calor, al secarse los residuos los queman” (Ibidem).

Los daños a la salud humana y al ambiente que produce la floricultura –la otra cara no visible de esta actividad socio económica– sigue sin atenderse por parte de los gobiernos locales de la zona y del estado de México; se valoran más sus resultados económicos, que no necesariamente son distribuidos de forma equitativa entre los productores. Y en cambio no se tiene en cuenta en todo lo que significa y cuesta el daño a la salud de sus pobladores y al medio ambiente.

Con el agravante de que, en la mayoría de los casos de afectaciones a la salud personal y familiar, los gastos médicos que ello representa los tienen que sufragar con sus propios y escasos recursos. Parafraseando al poeta, reinan las flores del mal.

Fredyd Torres Oregón

Centro de Estudios e Investigación en Desarrollo Sustentable, Universidad Autónoma del Estado de México, UAEMéx

Correo-e: [email protected]

 

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