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Decisiones informadas a favor de las tortugas marinas a partir de los datos FAIR

Abigail Uribe-Martínez y Marcos Zárate

La biodiversidad es una pieza fundamental del planeta, por lo que comprender y proteger esta diversidad es crucial para todos. Conocer la historia de las especies y sus poblaciones, su distribución o la condición de los hábitats es de suma importancia si queremos lograr su viabilidad en el largo plazo; sin esto no es posible determinar cómo las actividades humanas les afectan y, por tanto, se complica generar esquemas efectivos de manejo y conservación.

Las tortugas marinas, si bien son especies carismáticas que invitan a amar la vida del mar, son también las grandes representantes del declive pronunciado que enfrentan las poblaciones de los habitantes del mar.

Su conservación, como la de muchas especies marinas, ha sido un reto debido a que el conocimiento necesario es escaso o de difícil acceso. Y eso que las tortugas marinas han contado con el apoyo y financiamiento de diversos grupos de conservación, asociaciones civiles e instituciones que han recopilado datos valiosos por más de 50 años.

La mayor parte de estos esfuerzos se han realizado con programas de monitoreo de playas de anidación, pero también con censos de hábitats en agua, análisis isotópicos, seguimiento de individuos con transmisores satelitales, entre otros.

La diversidad de investigaciones apoya a contestar preguntas como: ¿cuántas tortugas hay? ¿sus poblaciones se están recuperando? ¿dónde viven? ¿qué comen? ¿dónde y cuándo se presentan sus mayores amenazas (pesca incidental, contaminación, cambio climático, pérdida de hábitats)?

Sin embargo, a menudo estos datos residen en lugares dispersos, en formatos variados o no están disponibles para que generemos un conocimiento integrado.

Aquí es donde entra la propuesta de los datos FAIR (en inglés, findable, accessible, interoperable & reusable; en español, encontrable, accesible, interoperable y reutilizable) que se refiere a que los datos sean fáciles de encontrar, que sean interoperables, que se puedan reutilizar, pero sobre todo, que sean accesibles de forma abierta para que puedan integrarse y analizarse a gran escala.

Con esto se propone un cambio de paradigma, un movimiento hacia una ciencia abierta y colaborativa que permita alcanzar el objetivo y bien mayor: la conservación de nuestra biodiversidad. La idea es que los datos de investigación y manejo, especialmente aquellos financiados con fondos públicos, deberían estar accesibles para todos.

Esto no se trata solo de publicar los resultados finales en un artículo científico, sino de hacer que los “datos brutos”, también estén disponibles para que en conjunto generemos el conocimiento requerido para la sostenibilidad.

Pensemos en la cantidad de datos que se generan sobre tortugas marinas en todo el mundo: localizaciones de avistamientos, registros de nidos, datos genéticos, varamientos, temperaturas de playa, condición de los hábitats, entre muchos más.

Si toda esta información se conjuntara para entender tendencias y patrones a nivel global, todos tendríamos una visión mucho más completa del estado de conservación de las tortugas y sus amenazas.

Para que esto sea de verdadera utilidad, no basta con poner los datos en algún lugar, los datos, para ser FAIR, deben cumplir con ciertas características clave. Tienen que ser fácilmente encontrables por los motores de búsqueda que los hacen visibles a otros usuarios; deben ser accesibles; significa que se puedan obtener sin barreras innecesarias; deben ser interoperables, es decir, que sean entendidos e incorporados por diferentes sistemas operacionales (esto requiere usar formatos y estándares comunes), y, fundamentalmente, deben ser reutilizables, lo que implica que estén bien descritos (con sus metadatos, es decir, “los datos sobre los datos”) y con licencias que especifiquen cómo pueden ser usados por terceros. ¡Esto no significa perder el derecho intelectual! Significa colaborar.

Este enfoque colaborativo es indispensable para un seguimiento efectivo de la condición de la biodiversidad a través de indicadores y variables esenciales a gran escala.

Para llegar a ese conocimiento se requieren datos de muchas fuentes, que abarquen grandes regiones y que se generen por un periodo largo. Por ejemplo, para el monitoreo de las amenazas en el mar se requiere integrar datos, no solo de los nidos y crías, sino de muchos años de las condiciones oceanográficas (temperatura, corrientes), contaminantes, cambios en los flujos de nutrientes, etcétera, lo que hace fundamental la reutilización de datos que se han generado incluso para otros fines.

En un ecosistema de información abierta se promueve la colaboración a través de compartir datos con licencias flexibles, pero sin perder la propiedad intelectual de ellos.

En estos ecosistemas participan muchos actores como universidades, instancias de gobierno, centros de investigación, museos, ONG que se encargan de generar datos, gestionarlos y preservarlos.

Los repositorios de datos especializados en biodiversidad son plataformas esenciales para almacenar, organizar y facilitar el acceso a estos conjuntos de datos. Actualmente existen ecosistemas a nivel global dedicados específicamente a estos datos, ya que aglomeran información de miles de proyectos, y tienen grandes avances en la operacionalización de los procesos de ingestión, depuración y almacenamiento de datos con estándares internacionales que permiten la interconectividad entre diversas plataformas.

En ese sentido, las revistas científicas pueden desempeñar un papel crucial al promover o alentar a los autores a depositar sus datos en repositorios públicos y a su vez, proveer espacios para la distribución adecuada de datos.

Un aliado importante en la recopilación de datos es la ciencia ciudadana. Esta alternativa permite aglomerar contribuciones valiosas de personas que no son parte de un proyecto de investigación, o simplemente que son apasionadas de la naturaleza.

Por ejemplo, los voluntarios que participan en censos de nidos, los buceadores que reportan avistamientos, o las personas que usan aplicaciones móviles para identificar fauna y flora. Estos datos, si se recogen de manera estructurada, pueden proporcionar una cobertura espacial y temporal que sería imposible de lograr solo con profesionales.

Esto es valioso para detectar eventos inusuales, la presencia de amenazas o determinar si hay un cambio en los patrones de distribución o migración. Para lograrlo es importante armonizar proyectos de ciencia ciudadana para que sean fácilmente utilizables. La ciencia ciudadana es un complemento valioso, no un reemplazo del trabajo científico.

A pesar de los claros beneficios, la cultura de compartir datos todavía enfrenta desafíos. Los investigadores suelen ser temerosos de que sus datos sean publicados por otros antes de que ellos mismos hayan terminado su análisis, o temen que los datos sean malinterpretados o utilizados de forma incorrecta.

También puede haber preocupaciones sobre la propiedad intelectual o la protección de la privacidad si los datos contienen información sensible. A veces, simplemente falta el conocimiento sobre cómo preparar y depositar los datos correctamente, o faltan recursos técnicos y humanos en las instituciones para gestionar estos procesos.

Además, en muchos sistemas de evaluación académica, compartir datos aún no está tan reconocido o incentivado como publicar artículos.

Superar estas barreras es clave. Necesitamos fomentar una cultura de datos abiertos donde compartir se vea como una práctica normal y beneficiosa. Esto requiere incentivos (reconocimiento, citación de datos, mandatos de financiación), formación (cómo gestionar datos, usar repositorios, aplicar principios FAIR) y recursos (infraestructura tecnológica, personal de apoyo en las instituciones).

La meta de este esfuerzo es informar y mejorar la toma de decisiones. La conservación de las tortugas marinas no depende solo de la investigación, sino de acciones concretas: establecer áreas marinas protegidas efectivas, implementar regulaciones de pesca para reducir la captura incidental, desarrollar planes de gestión costera que protejan las playas de anidación, o diseñar políticas para combatir la contaminación plástica. Para que estas decisiones sean efectivas, deben basarse en la mejor información disponible.

Abigail Uribe-Martínez1,2 y Marcos Zárate
Instituto de Investigaciones Oceanológicas, Universidad Autónoma de Baja California
Punto focal de México en la International Oceanographic Data and Information Exchange (IODE) y coordinadora del Centro Nacional de Datos Oceanográficos (CENDO)
Centro para el Estudio de Sistemas Marinos-Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina
Coordinación del Nodo Regional Ocean Biodiversity Information System en Latinoamérica
Correo-e: [email protected]